Diario del Campo de Gibraltar Martes, 26 de septiembre de 2017 Actualizada el: Lunes, 25 de septiembre de 2017 22:01
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Lunes, 11 de septiembre de 2017
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Irma

Me dice I.S., una reputada activista política de la ciudad plana, que está cansada de que a los huracanes lo llamen siempre con nombre de mujer. ‘En el fondo, me explica, subyace la obsesión del macho por equipararnos con las fuerzas indomables de la naturaleza. Cosa que, en consecuencia, justifica una represión y control posterior’.

La hipótesis explicativa de mi amiga tiene visos de verosimilitud, pero sospecho mucho de que ese consenso establecido tradicionalmente por los hombres del tiempo se deba exclusivamente a ese prejuicio machista. Con todo, investigo un poco sobre el asunto y descubro que, a raíz del malestar de grupos feministas, desde 1979 se alternan nombres de ambos géneros. El hecho de que se utilicen nombres de personas se basa en la facilidad y familiaridad de esta nomenclatura respecto a otros procedimientos más propios de la ciencia. Pongamos por ejemplo, la engorrosa denominación de las supernovas (SN 2006gy) o la de los compuestos químicos (Diclorodifenitricloroetano). Con ello se consigue una comunicación más eficaz y precisa sobre esos fenómenos. De manera que la idea de este bautismo tiene como propósito identificar al huracán de un modo claro para alertarnos, en su caso, de un posible peligro. Se mezclan aquí la clasificación científica y la prevención ciudadana.

Comprenderán que no he tenido más remedio que decirle a I.S. que su queja llueve sobre mojado desde los ochenta. Pero el problema de este sexismo meteorológico no acaba aquí porque un estudio realizado en 2014 por investigadores en EE.UU demuestra que los huracanes que tienen nombres femeninos son más letales. Entonces me pongo en el pellejo de los miembros de la Organización Meteorológica Mundial a la hora de nominar los huracanes y me pregunto si son conscientes de su tremenda responsabilidad y si van a tomar cartas en el asunto. Pregunto, a través de Facebook, a Ernesto Cifuentes, un amigo costarricense que trabaja en el Centro Nacional de Prevención de Desastres de México, y me dice que las conclusiones de la investigación son ciertas, pero que eso se debe a que la gente percibe a las tormentas con nombre de mujer como menos amenazantes. Concluyo entonces que los estereotipos aplicados a estas pueden ser hasta contradictorios: Seres indomables y a la vez débiles y poco amenazantes. Sin embargo, aún funcionan. En el caso de los pronósticos climatológicos, I.S. lleva razón así que su queja no está nada desfasada.

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